viernes, 14 de septiembre de 2012

Esas cosas que no se olvidan

Mi más antiguo recuerdo sobre la bicicleta se remonta a unos 18 años atrás. Mi primera bicicleta, la cual todavía recuerdo con mucha ilusión, me la regalaron mis padres. Recuerdo esa mañana de un 25 de diciembre, estaba ahí en la sala, iluminada de una misteriosa vanidad, sin saber lo que le había costado a mis padres armarla toda la noche. Mi contacto con ella no fue amor a primera vista, me costo aprender, por flojera o por que se me hacía difícil mantener el equilibrio, no lo sé. Pasaron unos cuantos años, para que aprendiera y pasó cuando mi mamá intentaba enseñarle a una de mis hermanas menores, pues resultó que quien salió pedaleando fui yo.

Mi bicicleta era amarilla, rin 16,con unos cobertores de plástico decorativos que cubrían el volante y el cuadro, típicos de la época, y un olor característico que me hace recordarla vívidamente. Aún la recuerdo como la mejor bicicleta de todas. Ignoraba sus limitaciones, pero era la mejor, por la alegría y sensación de felicidad que me brindaba, me cansé de buscar todas las pendientes posibles para retar a la velocidad y sin ningún tipo de precaución, sentir toda la velocidad que mi bicicleta me brindase. Que buen recuerdo este. También recuerdo las veces que me caí y que ahora cuando manejo mi nueva bicicleta nueva recuerdo lo que no debo hacer, ese tipo de cosas, tampoco se olvida. La destreza que aprendí hace tantos años, nunca lo olvidé, así como los golpes que te das en la bicicleta, o eso que llamamos lecciones aprendidas. Desearía tenerla, para conservarla como parte de mi niñez, estará siempre en mi mente y la recordaré cada vez que maneje una. Es que precisamente, esa sensación, es la que emociona, la que te invita a retar las incertidumbres de la ciudad,  liberarte de todo, ir dejando atrás los prejuicios y las viejas costumbres, una simbiosis entre el hombre, la bicicleta y el asfalto, cada vez que pedaleo recuerdo lo feliz que fui cuando era niño y lo feliz que me hace ahora.